El viernes me encontré con la pobreza,

cara a cara e iba disfrazada.

Eran cuatro niños.

 

El mayor tocaba el cajón,

el segundo le sacaba notas a una especie de quijada

y cantaba una música desentonada,

la niña sólo miraba y

el más pequeñito bailaba.

Le doy una moneda,

y una sonrisa dibuja su cara.

 

Niños adultos,

criaturas inocentes,

adorados por la desnutrición y

queridos por la pobreza.

Nadie los defiende,

todos los ignoran.

 

Se bajan del autobús y

comienza de nuevo su historia.